Este interés, que se traduce en el consumo de noticias relacionadas dadas por los medios de comunicación de masas o difundidas a través de las redes sociales, puede estar relacionado con varias razones:
- Curiosidad innata y supervivencia: Los seres humanos tienen una curiosidad natural por lo desconocido y lo que puede representar una amenaza. Los eventos violentos y los conflictos privados son, por su naturaleza, impactantes, lo que despierta interés en ciertas personas y pueden provocar un deseo de comprender el peligro. La psicología evolutiva sugiere que la curiosidad por la violencia puede tener raíces evolutivas, donde entender el peligro y las amenazas era crucial para la supervivencia. Esto puede llevar a una fascinación por situaciones que representan riesgo o conflicto.
- Exposición y desensibilización: La exposición repetida a la violencia en los medios puede llevar a una desensibilización, donde las personas se vuelven más insensibles al sufrimiento ajeno y, en cambio, buscan ese tipo de contenido para sentir algo. A medida que se consume más contenido violento, se normaliza su presencia en la sociedad. El “Efecto de la exposición” determina que la exhibición repetida de contenidos deriva en que las personas busquen más de ese tipo de mensajes para obtener la misma respuesta emocional.
- Efecto de la narrativa: Las historias de violencia a menudo están cargadas de drama, conflicto e injerencia en la vida privada de quienes la padecieron, lo que las hace más intrigantes y atractivas desde una perspectiva narrativa. A lo que debe aunarse los ingredientes que los propios medios de comunicación suelen sumarle a la descripción de estos hechos, de carácter espectacular o efectista, muchas veces sin corroborar su verosimilitud, o bien “decorando” la historia con situaciones o componentes que no necesariamente existieron o se compadecen con la realidad. A esta técnica se la denomina «dramatización» o «recreación dramática», términos usados para describir escenas en documentales o películas basadas en hechos reales que incluyen elementos ficticios o dramatizados para mejorar la narrativa o ilustrar eventos de manera más impactante.
- Empatía y moralidad: Algunas personas pueden sentirse atraídas por las historias de violencia porque les permiten explorar emociones intensas y solidarizarse con la lucha de los demás contra un suceso desgraciado o de una injusticia, lo que puede generar una conexión emocional. La narrativa de la violencia a menudo involucra dilemas morales que pueden provocar una respuesta empática. Las personas pueden sentirse atraídas por historias que les permitan explorar estas emociones y reflexionar sobre la naturaleza humana.
Presenciar situaciones de violencia como, por ejemplo, robos desplegados por la criminalidad marginal contra personas vulnerables o que arrojan alguna muerte de una o más víctimas, también puede conllevar a un efecto antitético a la aludida desensibilización, pues en algunos casos generan en el espectador una reacción de indignación, que se traduce en la exigencia de que se “haga justicia” o, directamente, proceder a la venganza privada individual o colectiva. “Acompañar” ese proceso por los medios, hasta el esclarecimiento del hecho y la eventual sanción a los responsables, aunque de manera solitaria y encerrado en su propio hogar, puede producirle al espectador el convencimiento de que coadyuvó con las víctimas; participó en la en la resolución del caso y a que se lograse su castigo.
En algunos supuestos, también se suscita una sensación de aleatoria “salvación” de haber sido víctima de la tragedia. A todos los que ya vivíamos en ese tiempo nos quedó grabado qué estábamos haciendo el día y la hora exacta en que nos enteramos de la ocurrencia de graves calamidades. Por ejemplo, en dónde estábamos y haciendo qué, cuando tomamos conocimiento o escuchamos la explosión del atentado terrorista en la AMIA, en la mañana de 18 julio de 1994. Pues bien, no faltan quienes, además, solían transitar en ese horario por la calle Pasteur a la altura del 600 de la Ciudad de Buenos Aires, en donde se hallaba ubicada y ese día no lo hicieron, o pasaron por el lugar antes de la detonación, lo que los coloca como afortunados “supervivientes” del suceso, extremo que, en ocasiones, puede generar sentimientos de culpa por no haber sufrido las mismas consecuencias que los muertos y heridos y la necesidad de empatizar con aquellos que no tuvieron la misma suerte. Lo propio, a nivel global, con el atentado a las Torres Gemelas en septiembre de 2001.
- Identificación con los personajes: Las narrativas de violencia a menudo involucran personajes en situaciones extremas, lo que puede generar empatía o identificación por parte de los espectadores. Esto les permite explorar sus propias emociones o sus vivencias actuales o pasadas, en un contexto seguro, hayan sufrido un episodio similar o teman padecerlo.
- Emoción, excitación y búsqueda de adrenalina (Teoría de la Gratificación): Para algunos, sobre todo para aquellos cuyo devenir diario es rutinario o sin demasiadas ocupaciones que además sean reconfortantes, el consumo de contenido violento puede provocar una respuesta emocional intensa, e incluso una forma de experimentar excitación y adrenalina, similar a la que se percibe en situaciones de peligro real, pero sin sus riesgos. En resumen, según la Teoría de la Gratificación, las personas consumen medios de comunicación en busca de gratificaciones específicas.
- Impacto en la vida cotidiana: La violencia es una realidad cotidiana en muchas sociedades y algunas personas pueden sentir la necesidad de informarse sobre estos temas para entender el mundo que les rodea y, en la mayoría de los casos, para tomar sus propios recaudos a fin de evitar ser víctimas de un episodio similar. Si bien es deseable que el público en general esté alertado para prevenirse sobre ciertos episodios delictivos repetitivos como, por ejemplo, la consumación de ciertas modalidades de estafas similares en sus “modus operandi”, la repetición constante de hechos de violencia, o la difusión de estos como único contenido mediático de lo que ha sucedido en el devenir de un día “común” podrían generar una suerte de “paranoia” generalizada de que, inevitablemente, en cualquier momento se puede ser víctima de un delito dentro o fuera del hogar. Esto no significa negar que tales episodios realmente se hayan suscitado, ni tampoco con esta observación se pretende aludir a la lamentable expresión que refiere a una “sensación de inseguridad”. Los robos violentos a las personas en la vía pública y en sus domicilios, los ataques sexuales contra mujeres y, sobre todo, los muertos están. Para sus deudos, con razón, las estadísticas sobre la cifra de delitos son irrelevantes, porque a ellos les ha tocado esa desgracia y no importa cuál sea el índice de homicidios en determinado lugar. Pero la repetición de imágenes y de las secuencias de la propia tragedia, pueden conllevar a la noción de que, indefectiblemente a todos les va a tocar la misma (mala) suerte.
- Aumento del índice de armas de fuego en manos de la población: El binomio derivado de la ausencia o ineficiencia estatal en la prevención del delito y el “morbo mediático”, conllevan a la falsa creencia de que el único método de precaución viable es la autodefensa armada. La población se hace de estas por medios lícitos o mayormente ilícitos (adquirir un arma de fuego eludiendo los requisitos, controles y autorizaciones estatales es un delito), estimando que con ellas podrán repeler cualquier eventual ataque, pero no todos están capacitados ni entrenados para manejar ese tipo de elementos letales. Las consecuencias son previsibles: reacción de los agresores (casi siempre más de uno) más rápida que la de quien pretende defenderse (uno solo con un arma); provocación de heridas o de la propia muerte o del entorno familiar, entre otras consecuencias impensadas de lo que implica tener un arma en un domicilio particular. Mantener un artefacto peligroso -sin tomar los recaudos para su guarda segura- facilita a que pueda ser empleado por cualquiera de los habitantes de la vivienda con múltiples fines, o bien para repeler cualquier tipo de agresión menor o incidente doméstico o en la vía pública.
- Condicionamiento Social: Los medios de comunicación a menudo destacan historias sensacionalistas, lo que refuerza la idea de que el morbo es interesante y digno de atención, alimentando un ciclo de consumo.
- Generación de ganancias: Como el “morbo mediático” evidentemente atrae a distintas audiencias, incluso de diferentes franjas etarias, condiciones sociales y económicas, va de suyo de que los medios de comunicación y los portales de información en redes sociales procuran proliferar con este tipo de hechos sus contenidos, lo que repercute en ganancias que, en definitiva, al constituir aquellos grupos económicos, es hasta lógico pensar que lo que procuran es obtener mayores dividendos en sus negocios. Además, las personas tienden a compartir y consumir más noticias que contienen elementos sensacionalistas o violentos, lo que a su vez alimenta la percepción de que estos temas son más relevantes.
En conjunto, estos factores pueden contribuir a que las personas busquen y consuman hechos de violencia en los medios de comunicación.
¿Cómo paliar el “morbo mediático” sin incurrir en la censura previa o al quebrantamiento de la libertad de expresión y de prensa?
Evitar el morbo mediático implica un enfoque equilibrado que promueva el consumo responsable de información y la empatía, sin recurrir a la censura. Algunas acciones que se pueden adoptar desde lo personal y en lo colectivo:
A nivel personal:
- Promover la educación mediática: Informarse sobre cómo los medios seleccionan y presentan noticias puede ayudar a desarrollar un pensamiento crítico. Aprender a discernir entre contenido sensacionalista y noticias bien fundamentadas es clave.
- Seleccionar fuentes de información: Optar por medios que prioricen la calidad sobre la cantidad. Buscar reportajes que ofrezcan contexto y análisis en lugar de solo hechos impactantes. Tratar de consumir información personalizada, principalmente a través de los portales de información menos sensacionalistas y amarillistas y más objetivos; de las redes sociales y contenidos de plataformas por internet que contienen información puntual, sobre la cual es posible descartar los contenidos que “vienen dados” y no se los puede seleccionar (como ocurre con los noticieros de la televisión abierta y el cable).
- Limitar la exposición: Ser consciente del tiempo y la cantidad de contenido violento que se consume. Establecer límites en el uso de redes sociales y medios de comunicación que promuevan el morbo.
- Reflexionar sobre las emociones: Al consumir contenido violento, preguntarse por qué se siente atraído hacia él y qué emociones se están provocando. Esto puede ayudar a desarrollar una mayor autorreflexión. Y en supuestos que lleven a la empatía o a la identificación con los personajes, por haber vivenciado situaciones similares, procurar evitarlos o bien acudir a la asistencia profesional psicológica.
- Promover el bienestar emocional: Invertir tiempo en actividades que fomenten el bienestar emocional, como la reflexión, el ejercicio o la práctica de la empatía, puede ayudar a equilibrar las emociones provocadas por el consumo de noticias. Lo propio, en momentos de ocio o en donde los informativos surten una suerte de acompañamiento, sobre todo respecto de quienes viven en soledad, tratar de hacer el ejercicio de cambiar de contenidos, por ejemplo, por películas, series, documentales, música, etc.
- Redoblar la responsabilidad parental en el contenido al que acceden niñas, niños y adolescentes: No todo es responsabilidad del Estado ni debe quedar en manos de este. Los progenitores o encargados de la guarda son quienes tienen la obligación de orientar a las niñas, niños y adolescentes que se encuentran a su cargo y velar por que no accedan a contenidos indeseados. Todo esto además surge con suma claridad de los arts. 13, 17 y 18 de la Convención sobre los Derechos del Niño, en la Argentina, con rango constitucional.
A nivel colectivo:
- Fomentar el periodismo ético: Apoyar y promover medios de comunicación que practiquen un periodismo responsable y ético, evitando la exaltación de la violencia. Aunque polémico, no debe ser un tabú comenzar a pensar y debatir un código de ética del periodismo cuyas imprevisiones acareen realmente consecuencias.
- Generar iniciativas de educación mediática: Implementar programas en escuelas y comunidades que enseñen a los jóvenes sobre el consumo crítico de información y la importancia de la ética en los medios.
- Participar de debates y foros comunitarios: Organizar espacios de diálogo sobre el impacto de los medios en la percepción de la violencia y la importancia de un consumo responsable.
- Desplegar campañas de concienciación: Desarrollar campañas que sensibilicen sobre el morbo mediático y promuevan el consumo de contenido que informe de manera constructiva y empática. Aquí el Estado, tanto nacional como los provinciales, tienen un rol fundamental, pues si bien no pueden descartarse acciones de este tipo por los medios privados de comunicación masiva, difícilmente jueguen contra sus propios intereses gananciales.
- Regulación responsable: Aunque la censura no es la solución, se pueden establecer regulaciones que promuevan la responsabilidad en el contenido mediático, incentivando a los medios a evitar la explotación sensacionalista de la violencia. Lo propio, nada impide que la difusión de noticias y contenidos relacionados con las violencias se concrete, por disposición legal, únicamente fuera del horario de protección a los niños, niñas y adolescentes (las disposiciones relacionadas, contenidas en los arts. 68 y 107 de la ley argentina de “Servicios de Comunicación Audiovisual” parecerían ser insuficientes). Y, en lo que hace a los portales de información o las redes sociales, con mecanismos que permitan el control parental de lo que aquellos acceden.
Adoptar estas acciones puede contribuir a crear una cultura mediática más saludable, donde la información se consuma de manera reflexiva y responsable.